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BIENVENIDOS

Mi blog vio la luz, el día 18 de Octubre de 2012...

Les doy la bienvenida a mi rincón, donde todos los relatos, cortos o escritos que comparta con ustedes, nacen de mi corazón e imaginación.
Los personajes que pueda crear en mi mente no tienen ningún parecido con alguna persona real.
Cualquier imagen que utilice para representar a mis personajes es simplemente porque esas personas tienen las características de los protagonistas de mi historia.

Ya saben... un blog crece y se alimenta de comentarios, espero los vuestros.

jueves, 8 de agosto de 2013

LA BODA




        Si nos explicaran en lo que nos íbamos a meter cuando decidimos casarnos, seguramente nos fugábamos y nos casábamos en las Vegas, o nos íbamos a Escocia.
     




    Como toda adolescente que se precie, yo muy enamorada, enamoradísima de mi churri, acepté emocionada, cuando me pidió que nos casáramos. Entonces, emprendí ese camino terrorífico que se llama― “PREPARATIVOS DE BODA”―sólo de recordarlo, me dan escalofríos y se me ponen los pelos como escarpias, me salen sarpullidos y me entran los siete males.





Con lo fácil que es juntarse la familia y los amigos, casarse e irse de copichuelas hasta que el cuerpo aguante… pero ¡noooo!, hay que casar a la niña a lo grande… hay que tirar la casa por la ventana… eso pensaba mi querida Madre al saber que, su hija mayor iba a casarse.

Por donde empezamos… ¡¡¡Ah!!! si, la lista de invitados. Yo la hice en un santiamén, vamos fue fácil; mi familia más cercana, mis amigos de la universidad, del colegio y de mi urbanización. Mi churri, tres cuartos de lo mismo, y voilà, ya teníamos nuestra lista hecha y muy normalita, para nada exagerada.

Pero entonces llegó mi Madre, leyó la lista y empezó la retahíla… falta pepito el de los palotes amigo intimo de tu padre, fulanito de cual, que nos invito a la boda de su hija hace veinte años, paquita mi querida amiga de toda la vida, Josefa la vecina, que se nos ofende si no la invitamos, el Sr. Tal y tal, el primo Bonifacio, la prima segunda por parte de tía, la MercHe y toda su prole y más y más… porque si es socio, amigo, conocido, vecino, compromiso, cliente, etc… y así; nuestra hermosa y sencilla lista de no más de 70 invitados, se fue transformado en una de casi 300. De los cuales, yo apenas conocía a los que había invitado, y mi novio a los suyos. Es en ese momento que me preguntaba, ¿quién se casa, mi madre o yo?

Por no discutir, porque me casaba y me iba a vivir lejos y porque, además,mis padres costeaban todo el bodorrio; decidí entrar al trapo y aceptamos la lista de marras. Siguiente paso, decidir la Iglesia, el día y la hora. He de decir en favor de mi Madre, que esto lo pudimos elegir los novios.

Ilusa de mí, pensaba que ya estaba casi todo decidido, que sólo quedaba el lugar del banquete, las invitaciones, el traje de novia y poco más. Que equivocadita estaba, que inocente criatura, que sin saberlo, había entrado en un laberinto del que no sabía cómo saldría.

Lo primero que debo aclarar, es que en esa época las bodas se hacían unos días antes por el civil y luego por la Iglesia. Por esta razón me casé por el civil un miércoles y por la Iglesia un sábado, y aunque os suene raro, disfruté más la boda civil y su fiesta en familia, que del bodorrio eclesiástico con su banquete a lo Hollywood.

Los preparativos de boda deberían ser momentos divertidos, amenos, y felices… pero los míos, fueron de todo menos eso. Mi madre y yo parecíamos dos pitbull a punto de matarse, por todo discutíamos, si yo decía azul, ella decía verde y así sucesivamente. Para que se hagan una idea, rememoro una conversación entre mi querida madre y esta servidora:



―Betty (así me llaman mis padres), pásate por la tienda de telas del centro comercial, porque dejé apartadas dos; elije la que más te guste para el vestido de la ceremonia civil.

―Vale mamá, esta tarde me paso sin falta.

Voy a la susodicha tienda donde conocen a mi madre y, le hacen buen precio. Me enseñan las dos telas, lo último, según la dueña, y yo sin dudarlo, elijo la de fondo crudo con flores moradas para la falda y el liso morado para el corpiño. Satisfecha por mi elección y pensando que el morado es uno de mis colores preferidos, me marcho a casa feliz por otro tema ya resuelto.

Pasados unos días, estoy en casa y mi madre me dice que pase a su atelier o para que nos entendamos, su habitación de costura. Me enseña algunos modelos y, elijo un vestido palabra de honor con una torerita que se veía precioso. Mi madre, por milagro de la providencia, aprueba mi elección sin protestar.

Al día siguiente, llega de la calle con bolsas, una de ellas de la tienda de tejidos y emocionada la abro y me quedo estupefacta, patidifusa y obnubilada, al ver la otra tela, la que yo no elegí, la que no me gustaba nada de nada. Me giró hacia mi progenitora en espera de una explicación...


―¡Mamá!,¡¿ me puedes explicar que es esto?!

―Hija, lo siento, pero tienes un gusto pésimo… y además este color está de moda.

―¡Pero, vamos a ver, si ya habías elegido la puñetera tela, para que me haces ir a ver más y elegir a mí!

―Estaba segura que elegirías la misma que yo. ―Me dijo tan tranquila.

Entonces, exploto y me enfurezco con ella, le digo que es mi boda y debería ser a mi gusto, me desgañito con ella, hasta la amenazó con casarme en vaqueros.

Pero no sirve de nada, al final me hizo el vestido color bombona de butano, eso sí, le dije que no me lo volvería a poner más en la puñetera vida… y amigos, eso hice.



Con este ejemplo e ilustrado con todo lujo de detalles, el infierno que fue organizar la boda con mi madre, ―aclaro que la quiero mucho, pero es terrible―, como yo quería elegir sola las invitaciones de boda, le dije que dejaba la elección de la comida del banquete a ella junto con mi padre y la familia de mi novio. La verdad que el tema de la comida no era algo que me quitara el sueño.

Uno de los aspectos que más disfrute de organizar mi boda fue ese, elegir las invitaciones. Tenía claro que quería algo sencillo y elegante, y así fue como las hice. Claro, como podrán imaginar, mi adorada madre, no podía dejar de dar su opinión de las mismas, nada más verlas…

―Pero, ¿esta es la invitación? ―dice con cara de circunstancias.

―Sí, mamá. ¡A que son preciosas!

―Son muy simples, podrías haber elegido algo más vistoso.

En esos momentos la fulmino con la mirada. Pero es qué, ¿le va a poner pegas a todo?

―Pues yo creo que son elegantes y sencillas.

―Ya da igual, no se puede hacer nada.

Se queda de lo más contenta, mientras va a abrir la puerta, ya que en esos momentos sonaba el timbre. Era nuestra querida vecina, y como siempre es tan cariñosa, me saluda con un beso y me pregunta que tal van los preparativos.


Yo, un poco hundida debido al comentario de mi madre sobre mis bellas invitaciones, le dije que iban, lentamente, pero iban. Mi madre, aprovecha y le comenta de pasada que ya tenemos las invitaciones y la Sra. Julia emocionada me pide que le enseñe una:

—Es esta —le digo en un susurro temerosa de ver su cara.

—¡Sra. María, pero que hermosas y elegantes! —dijo la vecina.

—Lo mismo pienso Sra. Julia, son realmente preciosas. —Mi cara era un cuadro al mirar a mi madre después de escuchar las palabras que acababan de salir de su boca.

Me llevaban los demonios, o sea, que a mí me dice que no valen un pimiento, pero como le gustan a un extraño, ya son preciosas. Es para volverse loca, resoplé por no decirle cuatro cosas delante de la vecina, no era plan de armar la marimorena con espectadores presentes, pero a partir de ese momento, no pensaba hacerle ni puñetero caso. Pobre de mí y mis intenciones.

Gracias a Dios o algún ángel misericordioso, a mi madre le gustó mi elección de vestido de novia, con lo cual por ese lado nos discutimos mucho. Pero en cuanto al tocado, eso ya fue otro cantar.  Les explico con lujo de detalles; en la tienda de tocados me aconsejaron una vez elegido el mismo…, eso sí, después de varias discusiones con mi madre y amenazas de parte mía. Que lo mejor para tener claro el peinado era hacerme un par de pruebas con el tocado hasta dar con el que más me gustara, porque así el peluquero ya lo tendría claro y el día de la boda iba sobre seguro.


Pues, como nos pareció una buena idea, eso hicimos. Nos fuimos toda una tarde con el peluquero que me iba a peinar y después de varias pruebas de peinados con el tocado elegido, decidimos por un recogido y con mi propio cabello me hizo un lazo. El tocado iba en un lateral, el velo sería de quita y pon. Ustedes se preguntaran… ¿a qué viene todo este cuento?, pues viene a que el gran día, después de llegar a casa de la peluquería, ya peinada y maquillada, mi adorada madre tiene las narices de decirme que el peinado no le gusta del todo… ¡¡¡Ahh!!! Es ó no es para volverse loca.

Exploté… despotriqué… me alteré de tal manera, que mi padre intervino y le echó tal bronca a mi madre que esta agachó la cabeza y no dijo esta boca es mía… yo por mi parte, me retiré a mi habitación a intentar tranquilizarme para que no se me estropeara el maquillaje. Además me encontraba rara, me sentía un poco mal, pero ingenua de mi… lo achaqué a los nervios, ¡ja!, nervios… ¡NOOOOOO! Nada de nervios, lo que me pasó fue todavía peor.

Cuando me había tranquilizado y después de tomarme una tila que mi madre me había preparado, llegó el momento de ponerme el traje, los fotógrafos estaban esperando para hacerme varias fotografías antes de salir hacia la iglesia.

Le dije a mi madre y a mi hermana, que antes de vestirme quería ir al servicio, mi vestido era de falda tubo y como comprobarán no muy práctico para ir al servicio. Eso sí, era precioso, entallado, me marcaba la figurita de barbie, —ainsss que recuerdos—, el frente bordado de pedrería hacia juego con el tocado, luego llevaba una larga cola, que en su nacimiento tenía unos capullitos de rosas, hechas con la misma tela del vestido… y lo mejor, es que debajo de esas rosas se escondían los broches que sujetaban la cola de quita y pon… uff no saben qué maravilla es poder quitársela cuando ya han terminado las fotos y poder así moverte cómodamente…

Bueno a lo que iba, que ya me enrollé como las persianas. Fui al servicio, hice mis necesidades y ¡HORROR! Cuando me limpié… Siii amigas, lo que están pensando, me vino la regla… ya vale… se que están muertas de risa, pero que sepan que a mí no me hizo ni pizca de gracia. Uff, en ese momento vino a mi mente la escena de la noche del miércoles en casa de los tíos de mi novio, —aunque en realidad ya era mi marido desde el miércoles—, pues recordé, cuando la familia de mi novio le preguntó si habíamos reservado hotel. Buenooo... para que les cuento, mi madre salió como poseída…, parecía la niña del exorcista.

—¡De eso nada! Mi hija no estará casada hasta el sábado por la iglesia. Esto ha sido solo un trámite. —Dijo tan pancha delante de todos.

Yo quería que me tragara la tierra… mi novio me miraba y agitaba la cabeza de un lado a otro, no sabía si agarrarme e irse de ahí sin más, o echarse a llorar. Pero el pobre, al saber que nos íbamos tan lejos y que no sabía cuando volvería a ver a mis padres… y para evitar un disgusto tonto, total eran solo tres días, accedió a que me marchara cual señorita a mi casa con mis padres… Y ahora, me pasaba esto, imagínense la cara de él cuando se lo dije… “No coment”



Pues eso amigos, que mi boda fue una de esas bodas que se ven en las películas americanas, una salón enorme, bellamente decorado, orquesta en vivo, bufet, mesa de postres, mesa de quesos, mesa de frutas, mesa de todo… había comida para alimentar a un regimiento, tanto que al día siguiente regresó toda la familia a almorzar. Una jaula de palomas que cuando la abrimos, las pobres estaban como adormiladas, que no se animaban a volar, además DJ para cuando la orquesta descansaba, etc… claro se celebró en un club. Mi madre quería todo lo mejor para su hija, solo que no era lo que yo hubiese elegido.


Yo, después del disgusto, y de los nervios de la ceremonia… me olvidé de todo y bailé hasta hartarme… —total, no teníamos prisa por marcharnos a la noche de bodas—, si, como se imaginan, estuve sin noche de bodas hasta que se me fue la regla… pero eso no fue lo peor, nooo… lo peor fue que permanecí virgen una semana después de casarme. (jajajajajaja, me río para no llorar)


A qué, se cuenta y no se cree…

En definitiva, ahora lo recuerdo como una anécdota y le encuentro su lado divertido… pero verdaderamente fue estresante tener que lidiar con mi madre y sus expectativas para la boda de su hija.

Lo que sí quiero compartir con ustedes, es el consejo que me dieron para el gran día… uno, que para mí fue el mejor. Me dijeron que no se me ocurriera estrenar zapatos ese día, porque me iba a destrozar los pies, que como la tradición dice que debes ponerte algo usado, pidiera tela de mi vestido y mandara forrar los zapatos mas cómodos que tuviera; y amigas, fue lo mejor que pude hacer.

Moraleja… cuando vayas a decirle a tu madre que te casas, antes, ten pensado como quieres la boda y déjaselo claro. O, si no, enséñale este relato.

  

















5 comentarios:

  1. Te quedo genial.....y tu madre lo que pasa es que tiene alma de organizadora de bodas....o de vidas....jajajajja Pero en fin en aquellos años es lo que tocaba ....oye y el ramo de la novia??? quien lo eligió tu o tu mami???? jajajjaj besossss

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    1. Si te digo la verdad Pili, ya ni me acuerdo de quien lo eligió jajajajaja...

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  2. Me encanto!!!! Muy bueno Eli!! Y que este acompañado por imágenes le da un toque genial! Te felicito!

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  3. Buen relato! Siempre he leído sobre estas anécdotas y todas tienen sus verdes y sus maduras. Igual pienso que debe ser una experiencia para toda la vida y más disfrutar de poder celebrar un matrimonio como la tradición lo enseña (virgen y todo!). Mi mamá lo tuvo también aunque desconozco todos esos detalles, tan sólo lo que muestran las fotos, actualmente es felizmente divorciada y anda sola (la parte mala). Yo no he tenido esa dicha, a veces me paso por artículos relacionados, pero no me detengo mucho. Muy linda tu historia Elizabeth, gracias por deleitarnos.
    Un abrazo :)

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