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BIENVENIDOS

Mi blog vio la luz, el día 18 de Octubre de 2012...

Les doy la bienvenida a mi rincón, donde todos los relatos, cortos o escritos que comparta con ustedes, nacen de mi corazón e imaginación.
Los personajes que pueda crear en mi mente no tienen ningún parecido con alguna persona real.
Cualquier imagen que utilice para representar a mis personajes es simplemente porque esas personas tienen las características de los protagonistas de mi historia.

Ya saben... un blog crece y se alimenta de comentarios, espero los vuestros.

jueves, 1 de enero de 2015

Y LLEGASTE TÚ... PRÓLOGO


Madrid, diciembre de 1985

¿Perdería hoy su virginidad? Se preguntaba Carmen mientras se arreglaba para la fiesta con sus compañeros de la universidad. Sus amigas decían que esa era la noche, pero ella no estaba muy convencida de eso; a sus diecinueve años, era muy tímida e insegura.
Estaba encandilada por el chico más guapo de su grupo de amigos; sentía que había encontrado al amor de su vida. Rafael se había fijado en ella; hablaban casi todos los días y, hacía dos noches, se habían besado por primera vez; un beso de verdad, no esos pequeños y suaves roces en la boca que le robaba a menudo. Al recordarlo se sonrojó. Estaba tan feliz que se sentía ligera como una nube y, cada vez que él la miraba, la hacía sentir la mujer más guapa del mundo.
Todas las chicas de la universidad estaban locas por él. Carmen sonreía mirándose al espejo mientras imaginaba la reacción que tendrían al verla del brazo de Rafael. Feliz, empezó a bailar al ritmo de la canción que escuchaba en su habitación, Maquíllate, del grupo Mecano. Giraba y giraba imaginándose en los brazos de su chico y, al mismo tiempo, continuaba preguntándose si pasaría o no. ¿Se atrevería?
Sus padres eran muy conservadores, por lo que su madre siempre le había inculcado la idea de que tenía que tener cabeza y no dejarse llevar por las pasiones. Carmen creía que sus padres estaban muy anticuados, al fin y al cabo, la tuvieron muy mayores. Para ellos, ella era su pequeño milagro.
Felipe pasó a recogerla; era su vecino y mejor amigo desde que tenía uso de razón. Un chico encantador, siempre dispuesto a salir de fiesta. Esa noche iba acompañado de su hermana María y, gracias a ello, los padres de Carmen permitieron que ella saliera de marcha.
La famosa movida madrileña, noche de música, baile y lo que les deparara el momento. Los tres se dirigieron a uno de los locales más de moda, La Vía Láctea. Era un local grande y con una decoración muy original, con todas sus paredes llenas de pósteres y carteles. Un lugar legendario, donde muchos famosos iban a disfrutar del ambiente y la buena música. En cuanto llegaron, se dispersaron entre los amigos que allí encontraron, Rafael enseguida se llevó a Carmen a bailar. La música invadía las paredes del lugar, penetrando en los cuerpos de todos los que se movían al ritmo que marcaba. La noche era especial y mágica, o eso le parecía a ella.
Las horas pasaban y la pandilla se fue dispersando. Carmen estaba un poco achispada, pero seguía disfrutando de la noche, Rafael y ella se habían robado besos húmedos y caricias, lo cual había conseguido excitarlos. Sin saber muy bien cómo, se vio entrando en la habitación de un hotel.
―Rafa, no estoy muy segura de esto ―susurró un poco nerviosa.
―Muñeca, sé que estás nerviosa… pero ambos nos gustamos y lo deseamos. ―Se acercó a ella, y empezó a besarla.
Ella se aferró a Rafael y se dejó llevar por lo que sentía. Él continuó besándola y acariciándola; la llevó despacio hacia la cama y, poco a poco, la tumbó en la misma. Fue excitándola lentamente para no asustarla y, cuando la tuvo desnuda y dispuesta, no espero más y entró en ella. Carmen sintió un fuerte dolor, su cuerpo se contrajo en rechazo a la sensación de tenerlo dentro, pero Rafael no escuchó sus quejas.
En el calor de su deseo y en su egoísmo, él solo se preocupó en encontrar su placer. Carmen lloraba en silencio, mientras Rafael se movía dentro de ella; solo escuchaba sus gemidos y gruñidos mientras la seguía penetrando, cada vez con más ímpetu. Los minutos pasaron muy lentamente para ella, que solo quería que él acabara para poder marcharse a su casa.
Cuando todo terminó, él rodó hacia un lado y ella se hizo un ovillo en la cama. Se sentía mal, sucia y dolorida. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas sin poder contenerlas.
―¿Por qué lloras? ¿No te ha gustado...? Es normal que la primera vez de una chica sea dolorosa, pero te puedo asegurar que cada vez será mejor y, sobre todo, que ya no te dolerá más ―le dijo él alegremente para quitarle hierro al asunto.
―Me quiero ir a casa ―habló suavemente y, al mismo tiempo, se levantó y fue al servicio; se refrescó, se vistió y, sin esperarlo, se marchó.
Regresó en taxi a La Vía Láctea, buscó a Felipe y a María, les dijo que se sentía mal y todos se marcharon. Una vez en su habitación, Carmen se dejó llevar por la desilusión y el dolor; se quedó dormida llorando.
Las semanas pasaron y Rafael insistía en que la primera vez nunca era agradable para una chica, que la quería y la deseaba. Carmen, aunque lo quería, tenía miedo de pasarlo mal, por eso pidió consejo a una amiga y esta le dijo que solo era doloroso la primera vez, que a partir de ahí era algo increíble.
Al final, una noche tonta, se dejó llevar y volvió a acostarse con Rafael, pero, aunque no le dolió, tampoco fue satisfactorio; él fue a lo suyo y no se preocupó de ella. Esta vez acabó fuera. Le dijo que la primera vez estaba tan excitado que no tuvo cuidado. La tranquilizó diciéndole que no pasaría nada, que a partir de ahora él siempre tendría cuidado de correrse fuera. Pero Carmen ya no quería volver a intentarlo, pensaba que era ella la que no podía disfrutar del sexo.


Dos meses después…

Aunque llevaba días sintiéndose mal, aceptó salir con Felipe y algunos amigos más. Estaban bailando y, de repente, Carmen sintió que todo le daba vueltas, hasta que perdió el conocimiento. Felipe, asustado, la llevó a urgencias.
Cuando ella despertó, una doctora le estaba tomando la tensión; se sentía mareada y confusa.
―Perdone, ¿Qué me pasó? No recuerdo nada…
―Hola, me alegro de que hayas despertado. Estás en urgencias. Al parecer te desmayaste en la discoteca en la que estabas con tus amigos.
―¡¿Qué…?! Pero si yo nunca me he desmayado… Yo... la verdad es que me siento mareada. ―Miraba a la doctora con el miedo reflejado en su rostro.
―Tranquila, acabo de mandar a hacerte una analítica, tienes la tensión un poco baja. Creo que tienes un poco de anemia, pero para salir de dudas prefiero esperar los resultados. Mientras tanto, quédate tranquila. Ahora voy a dejar pasar a ese chico tan guapo que está esperando fuera. ―La doctora le sonrió con amabilidad y salió.
Al momento, la puerta de la sala de urgencias del hospital volvió a abrirse y un preocupado Felipe se acercó a la camilla donde estaba Carmen.
―¿Cómo estás? ¡Menudo susto nos has dado, Came!
―Fe, lo siento… Últimamente no me he sentido muy bien. Un poco cansada y algo mareada. La doctora me acaba de decir que cree que puede ser algo de anemia.
―Pues no me extrañaría nada, comes menos que un pajarito, te lo he dicho muchas veces ―le dijo muy serio Felipe.
―No empieces tú también, en casa ya tengo a mis padres todo el día encima con la dichosa comida. ―Carmen lo miraba enfurruñada.
Los interrumpió la doctora al entrar en la sala; llevaba los resultados en la mano y su semblante era serio. Los dos la miraron expectantes, pero Carmen al ver su mirada presintió que algo iba mal.
―Carmen, ya tengo los resultados y… ―se quedó callada, sin saber cómo seguir―, lo que tienes es más que anemia. ―Paseó la mirada de uno a otro.
―¡Por favor, doctora, dígalo ya! ¿Qué tiene? ―dijo Felipe un poco alterado.
Sin dejar de mirarla, la doctora le dijo:
―Estás embarazada.
―¡¡¿Qué?!! ―gritaron los dos.
Carmen sintió que todo le daba vueltas. El estómago se le revolvió; la sala se hizo borrosa ante sus ojos; ya no escuchaba nada de lo que hablaban a su alrededor, solo escuchaba las mismas palabras que se repetían una y otra vez: «Estas embarazada», «embarazada», «embarazada», «embarazada», mientras la oscuridad caía sobre ella.
A lo lejos escuchaba voces; entre ellas, alguien pronunciaba su nombre, pero no quería despertar, quería seguir dormida, arropada por la inconsciencia. Poco a poco fue despertando y, al abrir los ojos, se encontró con los hermosos ojos grises de Felipe que la miraban con preocupación.
―¡Came, me quieres matar de un susto! ¿Cómo estás? Bueno, la pregunta es un poco inapropiada en estas circunstancias… ―Felipe se quedó callado porque no sabía qué más decir.
―Fe… ¿Qué voy a hacer? Yo… tengo la cabeza echa un lío. ―De pronto recordó algo―. ¡Dios mío!, Felipe, por favor, dime que no estamos en la Clínica Ruber.
―Tranquila, estamos en el 12 de Octubre. Antes de asustar a tus padres innecesariamente, pensé que era mejor averiguar qué te pasaba.
Cerró los ojos agradecida porque su amigo pensara en ello. En esos momentos no sabía cómo afrontar la noticia, pero tenía que asumir los hechos. Estaba embarazada de Rafael.
Una vez que la doctora le explicó lo que tenía que hacer a partir de ese momento, le dieron el alta y se marchó con Felipe. Mientras este conducía, Carmen iba con la cabeza recostada en el asiento y los ojos cerrados. Su mundo acababa de sufrir un terremoto que cambiaría su vida para siempre.
―Came, ¿dónde quieres ir? ¿Te llevo a casa?
―No, Fe, a casa no… todavía no. Llévame a un lugar al aire libre; necesito despejar mi mente, pensar en lo que voy a hacer.
Sin decir nada más, Felipe continuó conduciendo por las calles de Madrid; no llevaba un rumbo fijo, era como si el coche los llevara a ellos. Después de muchas vueltas en un silencio cómodo, Felipe aparcó el coche y ayudó a Carmen a bajar.
―¿Dónde estamos?
―En el parque del Oeste. Como querías pasear he pensado que este sería un buen lugar.
Tomándola de la mano emprendieron el camino, cada uno sumido en sus propios pensamientos.
Sin hablar, continuaron caminando por el hermoso parque hasta llegar al lugar conocido como La Rosaleda, donde se encontraban las más importantes variedades de rosales de todo el mundo. Felipe sabía que Carmen adoraba las rosas, por eso pensó que sería el lugar perfecto para que ella pudiera calmarse y hablar.
Carmen inspiró el aroma que desprendían las rosas, siempre la reconfortaban; pero en esos momentos sentía que ni ellas podían con la angustia que la atenazaba.
―Came, sé que no quieres hablar, pero debes afrontar la situación, sabes que puedes contar conmigo. ¿Has pensado en decírselo a Rafa?
―Es lo primero que tengo que hacer; es su hijo. Lo que me preocupa es cómo les voy a dar este disgusto a mis padres. ―Sin poder continuar rompió a llorar desconsoladamente.
Felipe la envolvió en un cálido abrazo. ¿Cuántas veces pensó en su hermosa amiga como algo más? Lamentaba no poder sentir más que cariño por ella. Él sabía que sería el orgullo de cualquier hombre.
―Mañana será otro día, y yo te acompañaré a hablar con Rafa ―le dijo mientras volvían hacia el coche.
Regresaron y, aunque el problema seguía ahí, ella se sentía más tranquila. Su amigo era su gran apoyo; además, Rafa la quería y todo iba a salir bien. No sería la primera en casarse embarazada, se dijo así misma, aunque se sentía muy joven aún, para dar ese paso.
Al día siguiente, tuvo que esperar al final de las clases para poder abordar a Rafael. Este nada más verla, la recibió con un abrazo y un beso exigente. Siempre la deseaba, era una de las mujeres más hermosas que había conocido, con esa piel perfecta, blanca, ese cabello espeso y ondulado color chocolate, que invitaba a hundir los dedos en el. Lo único que lamentaba era que no fuera más fogosa en la cama, esperaba que, con el tiempo, se dejara llevar más y así lo hiciera gozar más aún.
―Hola, muñeca, tenía ganas de verte. ¿Nos vamos?
―Hola, yo también quería verte. Tenemos que hablar, Rafa. ―Su mirada no invitaba a juegos de cama.
―¿Por qué esa seriedad? ¿Qué es lo que tienes que decirme?
―Mejor vamos a un sitio más tranquilo.
Sin contestarle, la tomó de la mano y se la llevó hacia un lugar más tranquilo en la Universidad. Se sentaron y Rafael se quedó mirándola en espera de lo que ella quería decirle.
―Estamos solos, ¿qué me tienes que decir?
―Yo… —lo miraba nerviosa sin saber cómo decírselo—. Rafa… estoy embarazada.
Los ojos de Rafael se abrieron con incredulidad. Tenía que ser una broma. No podía pasarle eso, solo se había descuidado una vez . Miraba los ojos castaños de Carmen, hermosos, pero angustiados y llenos de lágrimas contenidas. Sacudió la cabeza intentando asimilar lo que acababa de escuchar.
―¡¿Qué has dicho?!
―Que vamos a tener un hijo.
―¿Vamos? No bonita, tú vas a tener un hijo. Mira, Carmen, yo no puedo ni quiero tener un hijo, y menos ahora. Resuelve el problema. Tus padres conocerán a alguien y seguro que puedes deshacerte de él.
―¿¡Eso es todo lo que me vas a decir!? ¿Te lavas las manos y que me busque la vida? ―gritaba enfurecida.
―¡Cállate! Que nos van a escuchar. No querrás que se enteren de lo que pasa. ―Su mirada la taladraba.
Horrorizada, se quedó en silencio mientras intentaba calmar su respiración agitada. Todo le daba vuelta; su peor pesadilla se estaba haciendo realidad: él no quería hacerse cargo de su responsabilidad.
―Lo siento, pero no voy a destrozar mi vida por un embarazo no deseado. En cuanto termine este curso me marcho a Inglaterra a estudiar y, sinceramente, Carmen, lo nuestro no era nada serio. Nos gustamos, pero… ―No pudo terminar de hablar debido a la bofetada que ella le dio.
Cuando se giró para marcharse, Rafael se encontró con el puño de Felipe que, del golpe, lo hizo caer al suelo.
―¡Eres una mierda! Si no querías problemas tu obligación era haber tomado precauciones. ¡Ahora te largas y la dejas sola con tu hijo! ―Felipe estaba tan cabreado que sentía que podía matarlo a golpes, pero no merecía la pena.
―Fe, no te ensucies las manos con él ―le dijo una llorosa Carmen mientras lo abrazaba.
―¡Lárgate! Y si sabes lo que te conviene será mejor que desaparezcas de esta ciudad, porque yo sí tengo conocidos muy influyentes.
Sin decir nada más, Rafael se levantó del suelo, se sacudió la ropa y se marchó. Carmen se dejó vencer por el terror y comenzó a llorar en los brazos de Felipe; él la acunaba sin saber muy bien cómo consolarla.
La ayudó a sentarse contra un árbol y se acomodó a su lado. Mientras la abrazaba y esperaba a que se tranquilizara, no hacía más que darle vueltas a una idea. Al principio le pareció una locura, pero cuantas más vueltas le daba a la idea, más pensaba que era la solución perfecta.
Carmen, ya recuperada después de la escena con Rafa, levantó los ojos hacia Felipe. ¿Por qué no pudo enamorase de él? Un hombre cariñoso, divertido, sincero, el mejor hombre que podía conocer. Pero la vida era así y el corazón no entendía de razones, se dijo.
―¿Estás más tranquila? ―Le acarició el mentón y le sonrió con cariño.
―Sí, pero el problema sigue aquí y dentro de poco no podré esconderlo.
―Dime, ¿quieres tenerlo?
Ella cerró los ojos y se quedó pensando en la pregunta. ¿Quería tenerlo? Se puso la mano en el vientre plano y pensó en ese pequeño ser indefenso que estaba creciendo dentro de ella. Recordó, en ese momento, toda la historia de sus padres y su deseo de tener hijos, algo que casi no consiguieron. Entonces, comprendió que esa criatura no tenía culpa y sabía que lo tendría, lo único que le dolía era el disgusto que le causaría a sus padres.
―Sí, quiero tenerlo. Esta criatura no tiene la culpa de nada, además, yo quería al cretino de su padre.
―Entonces, la solución es simple. Cásate conmigo
―¿¡Qué!? Pero, Felipe, ¿¡qué dices…!? ―Carmen se incorporó y lo miró con los ojos abiertos.
―Came, piénsalo. Somos amigos de toda la vida, nos queremos, nos llevamos mejor que muchas parejas. Nadie se molestaría, al contrario, les daríamos una alegría a nuestras familias. Yo cuidaré de ti y de tu hijo, que será nuestro.
Conmovida por las palabras de Felipe y agobiada por toda la situación, Carmen se dejó convencer y aceptó la propuesta de matrimonio.
La familia Ansúrez era una de las familias más importantes de la aristocracia madrileña, no solo por sus antepasados, sino también por su famoso y prestigioso bufete de abogados. Tenían fama de justos y sobre todo de honrados; en cada generación había al menos un Ansúrez que seguía los pasos de sus antecesores y continuaba con el legado. Felipe era uno de ellos. Seguiría los pasos de su padre; para eso estaba estudiando derecho y lo mejor de todo era que le encantaba.
Horacio Ansúrez aguardaba impaciente la llegada de su hijo. Era un hombre temperamental y no le gustaba esperar.
―Ana, ¿sabes por qué nos ha citado tu hijo?
―No sé nada, simplemente llamó y dijo que tenía algo importante que decirnos.
―No me gustan los misterios, espero que no me eche a perder la cena.
―¡Horacio! ¿Es que no puedes darle un voto de confianza a nuestro hijo? Es un buen muchacho, estudioso y responsable. ¿Qué más quieres?
―Que traiga alguna novia, que me digan que lo ven con mujeres. Lo normal en un chico de veintidós años. ―Horacio se sentía frustrado, su mujer no lo entendía.
En ese momento, oyeron voces que provenían de la entrada; enseguida reconocieron la voz de Felipe. Este entró en el salón del hermoso chalé donde vivía con sus padres, en la urbanización Somosaguas. Carmen lo acompañaba, pero a diferencia de otras veces, esa noche se encontraba nerviosa.
―Buenas noches, padre, mamá. —Se dirigió hacía su madre y le dio un beso en la frente.
―Buenas noches, Felipe. Podrías haberme dicho que vendría Carmen a cenar. ―Le recriminó su madre.
―Madre, Came es de la familia.
―Lo sé, pero aun así, deberías haberme avisado.
Carmen saludó a los padres de Felipe y se sentó junto a él. Horacio no hacía más que mirar de uno a otro. Se preguntaba qué tendría que decirle su hijo y qué problema incluía a Carmen.
―Felipe, espero que me expliques cuál era la urgencia de hablar con nosotros antes de la cena. ―La mirada de su padre siempre lo intimidaba.
Felipe decidió que lo mejor sería ir directo al asunto; conocía a su padre y sabía que no tenía paciencia, además de que odiaba los rodeos.
―Sí, padre, lo que quiero anunciarle es… que Carmen y yo vamos a casarnos.
—¡Qué sorpresa querido! ―dijo Ana emocionada, al mismo tiempo que se levantaba a abrazar a su hijo.
Horacio, aún sorprendido por la noticia, no atinaba a decir nada. Pero una vez que asimiló las palabras de su hijo, una enorme sonrisa apareció en su rostro siempre serio y adusto.
―¡Felipe, hijo, me acabas de hacer muy feliz! ―Le abrazó fuerte, felicitándole por su decisión.
―Carmen, cariño, bienvenida a la familia. ―Ana le dio un beso afectuoso.
―¡Esto hay que celebrarlo! ¡Un brindis antes de pasar al comedor! ―exclamó un Horacio eufórico.
Ana tocó la campana del servicio y mandó traer una botella de Moët & Chandon, junto a las mejores copas. El momento lo merecía. Estaba feliz por su hijo, pero aún más por Horacio. Tenía tantas expectativas puestas en Felipe... En silencio agradeció que sus temores fueran solo infundados.
Al brindis se unió María, la hermana de Felipe y mejor amiga de Carmen, que estaba feliz porque serian cuñadas. Todo era alegría entorno a la mesa de los Ansúrez Toledo; su hijo se casaría con una de las mejores muchachas que cualquier padre pudiera desear.
―Muchachos, ¿habéis pensado ya en la fecha? ―preguntó Horacio.
―Pues sí, queremos casarnos dentro de un mes —anunció Felipe.
―¡Estás loco! En ese tiempo no se puede preparar una boda como corresponde ―expresó la madre de Felipe indignada.
―Mamá, lo siento, pero tiene que ser así. No queremos, ni podemos esperar mucho más.
De pronto, todos abrieron los ojos asombrados al comprender la implicación de las palabras que acababan de escuchar.
―¿Nos estás diciendo que Carmen está embarazada? ―dijo Horacio mirando fijamente a su hijo.
―Sí, padre, sé que no es lo correcto, pero ya no podemos hacer nada.
Carmen sintió cómo se ruborizaba de vergüenza. Los padres de Felipe la observaban. Estaba nerviosa y preocupada; no sabía si todo esto no sería una locura. Quizás debería meditarlo detenidamente; esos eran los pensamientos que la rondaban.
―Hijo, es cierto que no es la forma correcta, pero estoy tan feliz por tu boda... Y ahora me dices que seré abuelo… Sencillamente, es maravilloso. Ana, haremos una boda aquí en el jardín del chalé, y será dentro de un mes; así que manos a la obra.
Como bien le dijo Felipe a Carmen, sus padres estaban encantados con ese matrimonio. Ahora irían a decírselo a los padres de ella, que estarían más encantados todavía, ya que adoraban a Felipe.
Asunción y Francisco se tomaron la noticia con inmensa dicha, pero a pesar de la alegría, no dejaron de reprenderlos por el embarazo; eran muy jóvenes, según Francisco. Aunque en el fondo, estaban felices de saber que iban a ser abuelos.
Así fue que en un tiempo récord, los Ansúrez y los Valenzuela organizaron una hermosa boda para sus hijos. Al enlace asistió la flor y nata de la ciudad, ambas familias eran muy conocidas entre la aristocracia española. Todos querían asistir al esperado matrimonio de una pareja que se conocía desde que eran pequeños.
Carmen estaba feliz, pensaba que si bien no amaba a Felipe, le quería y seguramente, poco a poco, aprendería a amarlo. Lucharía por tener un matrimonio lleno de cariño, y quién sabe si también de pasión.
―Bueno, tengo que felicitar a la novia, te llevas un buen premio. Pero no puedo dejar de sorprenderme por lo precipitado de la boda y, más aún, por quién es el novio. ―La sonrisa fría y la mirada más fría todavía, era la de la mujer que siempre quiso atrapar a Felipe.
―Gracias, Alma, pero la verdad es que no hay de qué sorprenderse. Hemos sido amigos desde pequeños. ―Carmen le devuelve una mirada serena y segura.
―Perdona, pero si es sorprendente cuando solo erais amigos, casi como hermanos. Además, tú hasta hace poco salías con Rafael.
―Lo has dicho perfectamente, salía… No funcionó y me sirvió para darme cuenta de los sentimientos que tenía por Fe. ―Se sentía mal al decir esa mentira.
En ese momento sintió la mano de Felipe rodear su cintura, acercándola a su cuerpo. Carmen se giró y le regaló una sonrisa llena de cariño, a lo que Felipe contestó, dándole un beso en la punta de la nariz. Para no ser un grosero, se giró hacia la mujer que lo había estado persiguiendo durante mucho tiempo.
―Hola, Alma, me alegra que hayas podido asistir a nuestro matrimonio.
―¿Un acontecimiento como este? No me lo podía perder. Ha sido una bomba, Felipe.
―Bueno, a veces no te das cuenta de lo que tienes hasta que sientes que lo vas a perder. ―Le sonrió a Alma, mientras abrazaba a Carmen―. Y ahora, si nos disculpas, tenemos que atender a nuestros invitados. Espero que disfrutes de la fiesta.
Ella les devolvió la sonrisa, pero la misma no llegó a sus ojos. Estaba despechada, después de perseguirlo descaradamente, la enfurecía que Carmen se llevará el premio que era ser la mujer de Felipe Ansúrez. Esa estúpida lo tenía todo, dinero, belleza y, ahora también, al soltero más codiciado del momento. Amargada, decidió que ya no quería seguir allí y se marchó, deseándole a Carmen toda clase de desdichas.
La fiesta que tenía lugar en los jardines del chalé estaba siendo un éxito. A pesar del poco tiempo para prepararlo todo, la empresa del catering había trabajado a contrarreloj, ofreciendo una celebración por todo lo alto. En los jardines se instaló un suelo de madera, y sobre este, cientos de mesas redondas cubiertas por faldones de lino blanco y, sobre ellos, manteles en tonos cereza que contrastaban con el verde de los arboles que rodeaban el lugar. Una carpa enorme albergaba el recinto preparado con todo lujo de detalles, las columnas que sujetaban el techo de la carpa estaban decoradas con plantas naturales, lo cual armonizaba con el hermoso jardín de la casa de los Ansúrez. En las mesas se apreciaba la vajilla y cubertería más elegante, y en el centro, un pequeño arreglo floral en tonos rojos, blancos y verdes. Sobre las mesas habían esparcidos pétalos de rosas blancas, que resaltaban dando un contraste de color. Las sillas, también vestidas de blanco, llevaban un lazo color cereza a juego con los manteles. El lugar estaba decorado con mucho detalle, las copas más finas, cestos de panecillos en cada mesa y, sobre cada plato, una pequeña tarjeta con el nombre de cada invitado. De esa manera, todos sabían cuál era su asiento; aunque en la entrada había un enorme atril con un plano de la distribución de las mesas,numeradas y  con el nombre de los invitados que las ocuparían.
Desde la zona de aparcamiento habían colocado un camino de tarima de madera, para que los invitados no tuvieran que caminar sobre el césped. También salía otro camino desde la terraza trasera del salón de los Ansúrez, lo cual permitía la movilidad a los invitados, sobre todo a las damas que evitaban hundir sus hermosos zapatos en el césped. Todo el conjunto iluminado con farolillos, lo que creaba un efecto de lo más romántico. Carmen disfrutaba del hermoso escenario; lo habían decorado a su gusto. Felipe no había escatimado en gastos para que ella tuviera una boda de ensueño. Por todo eso, Carmen quería esforzarse para llegar a amar a su marido. Mientras caminaba por los alrededores del jardín, no podía dejar de pensar en todo lo que había pasado en tan poco tiempo. Esperaba poder ser feliz con Felipe, pero a veces no podía entender qué sacaba él de todo eso. Durante el mes de preparativos, ellos apenas se habían visto alguna que otra tarde; él siempre estaba con prisas. Además de eso, las demostraciones de cariño seguían siendo igual que antes, abrazos y besos cariñosos, pero nada más.
Carmen no esperaba pasión desenfrenada, y menos, después del desastre con Rafael; ella no se sentía segura en la intimidad, pero quería satisfacer a su marido; él se merecía todo. Había sacrificado su vida. No entendía por qué siempre le decía que él no era de los que se casaban. A veces sentía que Felipe le ocultaba algo.
―Estás muy pensativa, ¿te pasa algo, hija? ―Interrumpió sus pensamientos Francisco.
―¡Papá…! Me has asustado. No, no me pasa nada, solo estaba reflexionando sobre mi nueva vida. ―Carmen le sonrió y enlazó su mano en el brazo de su padre.
Siguieron caminando en silencio, cada uno con sus propios pensamientos. Francisco adoraba a su princesa, era el milagro del amor que se profesaban Asun y él. Esperaba de todo corazón que su hija fuera tan feliz como lo había sido él durante más de cuarenta años.
―Hija, es normal que estés nerviosa y un poco agobiada. Será un cambio muy grande, algo que aún no esperabas, pero las circunstancias y la locura de los jóvenes es lo que tiene.
―Papá, sé que estás un poco desilusionado. Lamento haber hecho las cosas al revés…
―Calla, no le des más vueltas. Te quiero y estoy orgulloso de ti, no solo porque te casas con un buen chico, sino también, porque vas a ser una gran pediatra.
Carmen sonrió con cariño hacia su padre; siempre había podido hablar con él de todo, bueno, de casi todo. Aunque aún no había terminado la carrera, sabía que sería buena, porque adoraba a los niños y sanarlos era lo mejor que podía hacer por ellos.
―Carmen, a partir de ahora tienes que ser paciente. La convivencia no es fácil y por mucho que Felipe y tú se conozcan desde críos, no es lo mismo que convivir entre cuatro paredes.
―Gracias, papá, tendré tus palabras en cuenta. Ahora me gustaría que me acompañaras a la casa, voy a cambiarme el vestido.
―Encantado, hija, y vuelvo a decirte que eres la novia más hermosa que jamás he visto.
―¿¡Qué dices!? Eres todo un zalamero, papá. ―dijo entre risas.
Se dirigieron hacia la casa y Francisco le dio un abrazo y un beso. Ella subió las escaleras y se encaminó a la habitación que le habían preparado. Al pasar por la de Felipe, escuchó unas voces algo alteradas; sin pensarlo, se dirigió hacia la puerta y lentamente abrió la misma. Cuando entró en el cuarto, el horror de lo que estaba presenciando la dejó paralizada, para luego soltar un grito de espanto.
Felipe y su acompañante se soltaron al escuchar ese grito, ambos se giraron hacia la puerta y se quedaron en shock. La cara horrorizada de Carmen fue para Felipe como recibir un golpe en el pecho. Él sabía que tenía que habérselo dicho, pero entre unas cosas y otras, dejó pasar el tiempo. Además, no sabía cómo encarar la situación, por eso había retrasado la conversación con su mejor amiga y ahora esposa.
Se acercó a ella y posó las manos en sus hombros. Carmen se revolvió para soltarse, se giró y salió corriendo a su habitación. Al entrar se arrojó en la cama, llorando desconsoladamente. No podía procesar lo que su retina había atrapado, esa imagen era algo que no podía asimilar. Todo era una pesadilla, algo absurdo. Ella se había casado con él, había renunciado a la pasión y también al amor. Pensaba que le debía todo a Felipe, su sacrificio, su apellido, su ayuda desinteresada. Ayuda sí, pero no desinteresada.
Sintió la puerta abrirse y cerrarse. Al momento, él se sentó en el borde de la cama. Escuchaba los sollozos desgarradores que salían de la garganta de Carmen y se sentía muy mal porque no había hecho las cosas bien.
―Carmen, déjame explicarte. Yo… sé que tenía que habértelo dicho antes, pero no sabía cómo. No es fácil, vivo en un infierno. ―Estaba desolado, si perdía su cariño ya no tendría nada.
Poco a poco se fue tranquilizando y asimilando las palabras de Felipe. Se incorporó en la cama, se sentó apoyando la espalda al cabecero y mirándolo fijamente le pregunto:
―¿Pensabas decírmelo algún día?
―Sí, pensaba decírtelo esta noche, cuando nos marcháramos.
―Cuéntame, haz que entienda, o al menos, que pueda comprender algo.
―No es fácil decir en voz alta que eres homosexual, Carmen. Lo sé desde siempre, desde que mis hormonas despertaron y no se excitaban ante una chica, y si ante un chico guapo. Al principio, me sentía enfermo, me daba asco de mí mismo, creía que no era normal.
―¡Qué tonterías dices! Fe, ser gay no es ninguna enfermedad.
―Ahora lo sé y lo entiendo, pero al principio pensaba eso y muchas cosas más. Luego conoces chicos con la misma condición sexual que yo y empecé a darme cuenta de que era algo que no podía elegir. Es como el color de los ojos, el pelo… Naces con ello.
―¿Por eso me propusiste matrimonio? ¿Para seguir ocultando tu homosexualidad?
―Si… Carmen, conoces a mi familia, a mi padre, él es un hombre intransigente, jamás lo entendería. Sería un escándalo. Además, si quiero ejercer en el despacho de abogados, mi condición de gay no me ayudaría. Mi padre me desheredaría y, no contento con eso, haría lo imposible para que nadie en este país me contratara de abogado.
―Entonces crearás una familia cara a la galería.
―Pensé que así nos ayudábamos mutuamente. ―La observó en silencio―. Carmen, puedes tener todos los amantes que quieras, seremos discretos.
―¡Pero, estás loco…! Sabes que por muy discretos que seamos, todo se termina sabiendo. Yo no voy a tener amantes a escondidas Felipe.
―Pero… yo no puedo darte el aspecto físico del matrimonio.
―No importa, tampoco fue una gran experiencia para mí. —Entrelazó los dedos de sus manos, apoyándolas sobre su regazo—. Solo me duele pensar que no podre tener un matrimonio de verdad, aunque carezca de pasión. Pensé que quizás con el tiempo… podríamos llegar a querernos como pareja —confesó con tristeza.
―Came, sabes que te quiero… Eres mi mejor amiga, a la única que le contaría lo que acabo de contarte.
―Lo sé… ¿Y Pablo es… tu amante desde hace mucho?
―Sí. ―Una pequeña palabra que encerraba tanto.
―Bueno, ya tenemos todo claro… Por favor, déjame que quiero cambiarme. Debemos marcharnos a nuestra luna de miel ―dijo sin poder evitar el tono sarcástico.
Felipe se levantó de la cama, se acercó a ella y le dio un apretón cariñoso en el brazo.
―Todo va a salir bien; nos queremos y viviremos en armonía.
―Sí, amigo, todo saldrá bien… No te preocupes. ―La voz sonaba hueca a sus oídos.
Una vez sola en la habitación, Carmen se cambió de traje de manera autómata. Su mente daba vueltas y vueltas sobre esa revelación, conocía a Felipe desde siempre, pero nunca se dio cuenta de nada. Claro, él no parecía gay, era tan varonil, fuerte, atractivo, viril... Nadie podría sospechar algo así.
Se miraba en el espejo mientras pensaba en todo eso y, de pronto, se cubrió la cara con las manos. ¿Qué había hecho?, ¿qué vida le esperaba a partir de ese momento? Dejó de cubrirse la cara y volvió a mirar su rostro enrojecido por las lágrimas. No podía seguir así; le debía mucho a Felipe y estaría a su lado siempre, para lo bueno y para lo malo. Si su destino era no conocer un amor como el de sus padres, al menos tendría una vida plena, volcaría todo su amor en su hijo.
―Seré feliz a mi manera, por ti, hijo ―dijo esas palabras mientras se miraba en el espejo.















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