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BIENVENIDOS

Mi blog vio la luz, el día 18 de Octubre de 2012...

Les doy la bienvenida a mi rincón, donde todos los relatos, cortos o escritos que comparta con ustedes, nacen de mi corazón e imaginación.
Los personajes que pueda crear en mi mente no tienen ningún parecido con alguna persona real.
Cualquier imagen que utilice para representar a mis personajes es simplemente porque esas personas tienen las características de los protagonistas de mi historia.

Ya saben... un blog crece y se alimenta de comentarios, espero los vuestros.

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viernes, 11 de septiembre de 2015

SERIE CUIDARTE EL ALMA de Mariel Ruggieri

Hace unos días terminé de leer la serie completa y le mandé a Mariel mi impresión sobre la misma por email. Quería hacerle la reseña antes, pero decidí esperar a este día, 11 de septiembre, por lo significativo que es para la autora. Por otra parte, he decidido utilizar lo que ya le escribí, puesto que fueron palabras que nacieron de mi corazón.



Quiero felicitar a Mariel por cómo ha sabido unir la trama desde el primer encuentro entre Gabriela y Andrés. A partir de ese momento fue creando, con su duende particular, unas hermosas historias de amor, cariño, amistad y unión familiar. No solo el amor entre un hombre y una mujer. También ha sabido reflejar el amor profundo que puede surgir por alguien que, aunque no sea de tu propia sangre, sientes que forma parte de tu corazón y sabes que ese lazo es tan fuerte como el de la misma sangre.

Cuidarte el alma nos habla del amor en la madurez, de que nunca es tarde para ser feliz. Gabriela y Andrés son personajes muy intensos que han sufrido de distintas maneras. Una pareja que se funde en uno solo desde la primera mirada.

Tatuada en mi alma y Paulina en cuerpo y alma… Son historias muy especiales porque Paulina es un ser sensible que no solo conquista el cariño de Andrés, sino que encuentra en Nacho la otra mitad de su alma. Tendrán que luchar mucho para lograr que el amor que nació desde que eran adolescentes, pueda sobrevivir y hacerse más fuerte a pesar de las adversidades de la vida.


    Corazones en la arena, el broche de oro para esta serie… Dos niños que crecen como primos sin que los una ningún lazo de sangre. Dos almas predestinadas desde las estrellas, pero que por problemas de otras personas, primero; y el libre albedrío de ellos para decidir, después. Los llevarán a vivir una vida separados aún añorándose, una vida sin amor. Los años pasarán para esos niños y la rueda de la vida decidirá cuando es el momento, adecuado, para dejarse llevar por el corazón.



Mariel ha sabido transmitir uno de los sentimientos que más valoro, el amor por sobre todas las cosas. No importa el credo, ni la sangre; el amor, cuando es verdadero, va más allá de engendrar y dar vida a un hijo… Es una conexión mágica que une dos corazones.
Debo confesar que aunque disfrute de todas las historias, no sé por qué, me enamoré de la última, la de Renzo y Eva.

A veces no es suficiente con estar enamorados, sino que es necesario tener la madurez para saber vivir ese amor. La juventud y, sobre todo, la adolescencia suelen jugar malas pasadas, porque los jóvenes confunden sucesos y se dejan llevar por los celos.

Renzo y Eva tuvieron que vivir su infierno personal para poder crecer y asumir que no fueron, únicamente, los errores de terceras personas los que afectaron su relación, sino también sus propios errores… No hablar claro, no confiar el uno en el otro y sacar conclusiones equivocadas los llevó a ese infierno de soledad y tristeza.  Aunque, luego, ese duende movió sus hilos y, cuando ya estaban preparados, los llevó por el duro camino del reencuentro.

Esta serie es, para mí, la mejor que ha escrito Mariel hasta el momento, y eso que todavía me queda por leer Entrégate. Hasta las escenas de sexo son mejores o, al menos, a mi me lo han parecido.

Felicidades, amiga… espero que sigan lloviendo éxitos.





miércoles, 2 de septiembre de 2015

A LA MISMA HORA...



Todas las tardes, en el mismo lugar, esperaba impaciente verla llegar. Cada día era igual de impactante que el anterior, cada tarde su cuerpo despertaba ante la visión de esa figura que se deslizaba con la soltura de saberse hermosa. Incitaba solo con sus andares, que marcaban el ritmo de unas caderas sinuosas. Caminaba tranquila, sin prisas, saboreando el calor del sol que abrazaba su cuerpo y de la suavidad del aire que rosaba su piel; y él quería ser ese sol y ese aire para poder tocarla.

Era increíble, no enseñaba nada de manera explícita; pero… al mismo tiempo enseñaba tanto. Su cuello expuesto a su ardiente mirada, esa forma delicada y definida que lo atraía como la luz a la polilla. Deseaba saborear aquella piel expuesta; pasar su lengua húmeda por la zona donde se unía a esa pequeña y bien torneada oreja y, desde allí, crear un recorrido cuesta abajo, marcándola con su saliva, haciéndola estremecerse con ese suave contacto… despertando su deseo de más. Era tal su necesidad, que sentía la boca seca y se relamía los labios para humedecerlos e, intentar aplacar esa hambre que había despertado en él sin proponérselo siquiera.

Una mujer exquisita, con esas curvas que se vislumbraban a través del vestido que abrazaba su cuerpo fundiéndose con su piel. La perfecta silueta de sus pechos que al andar parecían provocar con un suave movimiento, atrayendo las miradas lascivas de los hombres que pasaban a su lado. Todos se detenían a mirarla; todos sentían el impacto de su sensualidad descarnada. Toda ella era una sinfonía erótica en movimiento. Su cuerpo despertaba un deseo impúdico de probar cada rincón de piel visible y, también, de cada curva solo visible en su imaginación.

En su mente podía ver, con claridad, unos hermosos pechos nacarados adornados con dos pequeños botones de un tentador color rosa. Los imaginaba endureciéndose al sentir sus dedos entorno a ellos. Podía, casi, saborearlos de tan reales que eran y, solo con eso, sentía como su cuerpo respondía… la tensión de sus músculos, la dureza de su pene presionando por ser liberado, la sequedad en la boca por la necesidad de saciarse en ella. Era una tortura deliciosa…

No sabía su nombre, no conocía nada de ella… pero, aún así, despertaba un hambre salvaje en él, que lo hacía temblar por la necesidad de poder rozar, con la punta de sus dedos, esa apetecible piel. Muchas veces había sentido la necesidad de acercarse y hablarle, conocerla, respirar el olor de su piel, de su deseo, de su esencia. Solo lo frenaba el miedo a dejar de disfrutar de la tentación, que el misterio que la envolvía despertaba en él.

Cada noche, en la oscuridad de su habitación revivía cada sinuoso movimiento, cada suave expresión, cada curva deliciosa que insinuaba coqueta… y era tan intenso lo que experimentaba su cuerpo, que solo imaginando todo lo que ella escondía, solo soñando lo que deseaba hacerle a ese cuerpo hecho para el pecado más placentero… explotaba en un orgasmo tan intenso que el éxtasis lo llevaba al extremo del delirio.

Cuando regresaba la calma y la respiración se acompasaba, siempre se preguntaba  lo mismo…

¿Cómo sería mojarse en su esencia?

Y sin poder llegar a imaginar siquiera la respuesta, se quedaba dormido deseando que llegara la mañana para volver a verla a la misma hora.





A LA MISMA HORA


Todas las tardes, en el mismo lugar, esperaba impaciente verla llegar. Cada día era igual de impactante que el anterior, cada tarde su cuerpo despertaba ante la visión de esa figura que se deslizaba con la soltura de saberse hermosa. Incitaba solo con sus andares, que marcaban el ritmo de unas caderas sinuosas. Caminaba tranquila, sin prisas, saboreando el calor del sol que abrazaba su cuerpo y de la suavidad del aire que rosaba su piel; y él quería ser ese sol y ese aire para poder tocarla.

Era increíble, no enseñaba nada de manera explícita; pero… al mismo tiempo enseñaba tanto. Su cuello expuesto a su ardiente mirada, esa forma delicada y definida que lo atraía como la luz a la polilla. Deseaba saborear aquella piel expuesta; pasar su lengua húmeda por la zona donde se unía a esa pequeña y bien torneada oreja y, desde allí, crear un recorrido cuesta abajo, marcándola con su saliva, haciéndola estremecerse con ese suave contacto… despertando su deseo de más. Era tal su necesidad, que sentía la boca seca y se relamía los labios para humedecerlos e, intentar aplacar esa hambre que había despertado en él sin proponérselo siquiera.

Una mujer exquisita, con esas curvas que se vislumbraban a través del vestido que abrazaba su cuerpo fundiéndose con su piel. La perfecta silueta de sus pechos que al andar parecían provocar con un suave movimiento, atrayendo las miradas lascivas de los hombres que pasaban a su lado. Todos se detenían a mirarla; todos sentían el impacto de su sensualidad descarnada. Toda ella era una sinfonía erótica en movimiento. Su cuerpo despertaba un deseo impúdico de probar cada rincón de piel visible y, también, de cada curva solo visible en su imaginación.

En su mente podía ver, con claridad, unos hermosos pechos nacarados adornados con dos pequeños botones de un tentador color rosa. Los imaginaba endureciéndose al sentir sus dedos entorno a ellos. Podía, casi, saborearlos de tan reales que eran y, solo con eso, sentía como su cuerpo respondía… la tensión de sus músculos, la dureza de su pene presionando por ser liberado, la sequedad en la boca por la necesidad de saciarse en ella. Era una tortura deliciosa…

No sabía su nombre, no conocía nada de ella… pero, aún así, despertaba un hambre salvaje en él, que lo hacía temblar por la necesidad de poder rozar, con la punta de sus dedos, esa apetecible piel. Muchas veces había sentido la necesidad de acercarse y hablarle, conocerla, respirar el olor de su piel, de su deseo, de su esencia. Solo lo frenaba el miedo a dejar de disfrutar de la tentación, que el misterio que la envolvía despertaba en él.

Cada noche, en la oscuridad de su habitación revivía cada sinuoso movimiento, cada suave expresión, cada curva deliciosa que insinuaba coqueta… y era tan intenso lo que experimentaba su cuerpo, que solo imaginando todo lo que ella escondía, solo soñando lo que deseaba hacerle a ese cuerpo hecho para el pecado más placentero… explotaba en un orgasmo tan intenso que el éxtasis lo llevaba al extremo del delirio.

Cuando regresaba la calma y la respiración se acompasaba, siempre se preguntaba  lo mismo…


¿Cómo sería mojarse en su esencia? 

Y sin poder llegar a imaginar siquiera la respuesta, se quedaba dormido deseando que llegara la mañana para volver a verla a la misma hora.